–Qué somos? –Cuestión de Tiempo
Hace no mucho tiempo (jajaja valga la redundancia al tema) un profesor –del que por cierto podría presumir tenía un crush– nos preguntó qué era eso a lo que nosotros llamábamos "Tiempo". Su pregunta, para ser muy honesta, no sólo me dejó desarmada y con una sensación de sin-sentido profunda sino que también despertó en mí una curiosidad y desesperada necesidad de responder y lograr definir qué es eso a lo que YO llamo tiempo.Cabe destacar que desde siempre yo he mantenido la idea de que este es un mundo subjetivo y que si bien existe una indiscutible y objetiva verdad, no todos la interpretaremos de la misma manera.En fin, el ser humano es un ser complejo que
gusta de hacerse preguntas tan sencillas que inevitablemente resultan –y se
antojan– complicadas. Es en su misma humanidad que logra encontrar
eternidades en segundos y realidades en
ilusiones. Su mente, tan exquisitamente absurda plantea teorías sobre el qué,
el cómo, el por qué y el para qué de todo lo que rodea su contexto y su “mundo”
limitado e impulsado por su corta eternidad y su temor a el olvido. ¿Es
entonces este mismo concepto de eternidad y temor una creación del hombre
también?¿Es el tiempo un invento del hombre para
excusar su mortalidad?Es realmente difícil
poder responder categóricamente a la pregunta de qué es el tiempo. Todos los
filósofos de todos los tiempos se la han planteado y ninguno a llegado a una
conclusión realmente satisfactoria.
La mayoría
de las definiciones no solo abarcan el miedo al olvido que tanto atormenta al
hombre, si no que también el hecho de que nuestra mente sólo percibe la
duración y por lo tanto “traduce” la categoría de lo eterno en “temporal” ya
que la naturaleza del hombre reside más bien en eso mismo: la temporalidad.
Para percibir lo eterno hay que trascender el tiempo pero si como bien dijo Platón, "El tiempo es el rostro
humano de la eternidad” ¿no es esto un círculo un tanto vicioso? Tanto en la vida cotidiana como en las diferentes ramas del saber,
manejamos continuamente nociones temporales; antes, después, ahora, ya,
simultáneamente, tarde, temprano, ayer, mañana,... El mundo se nos ofrece como
una realidad que cambia incesantemente y la percepción del cambio, de la
sucesión o de la duración de las cosas nos sugiere la idea del tiempo. Aun sin
ser consientes de este mismo y su verdadera naturaleza. Sabemos que ha
transcurrido el tiempo lectivo, el tiempo de vacaciones o inclusive el tiempo
de la juventud. Es indudable que tenemos experiencia del tiempo y hasta nos
atrevemos a calcularlo mediante diversos procedimientos e instrumentos: el
curso del sol, la sucesión de los días y las noches, el desplazamiento de las
agujas del reloj. Sin embargo, qué es realmente el tiempo es una cuestión
difícil y compleja, pues, como decía San Agustín, "si nadie me lo
pregunta, lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta, no lo
sé".
Ya la filosofía griega,
propensa a la reflexión sobre los más variados asuntos, abordó la temática del
tiempo. De todos los filósofos griegos es, sin duda, Aristóteles el que nos ha
legado la doctrina más sólida sobre el tiempo. La visión aristotélica del
tiempo está estrechamente vinculada al movimiento, ya que, en su opinión, el
tiempo no es posible sin acontecimientos, sin seres en movimiento. De ahí que
conciba el tiempo como el movimiento continuo de las cosas, susceptible de ser
medido por el entendimiento. Conceptos como "antes" y
"después", sin los cuales no habría ningún tiempo, se hallan
incluidos en la sucesión temporal. Esta estrecha vinculación induce a
Aristóteles a definir el tiempo en su física con los siguientes términos: " la medida del movimiento
respecto a lo anterior y lo posterior". Esta
definición nos revela que el tiempo no es el movimiento, pero lo implica de tal
suerte que si no tuviéramos conciencia del cambio, no sabríamos que el tiempo
transcurre. El tiempo aristotélico es exterior al movimiento, pero supone un
mundo que dura sucesivamente y esta duración sucesiva nos permite establecer
relaciones de medida entre sus partes según un "antes" y un
"después", Así surgirá el tiempo métrico, cuya estimación estará
regulada por el movimiento de los astros, como el de rotación o el de
traslación, o por el movimiento rítmico de aparatos de desarrollo preciso, como
los relojes.Muy distinta es la concepción agustiniana del
tiempo. El carácter intimista de su filosofía induce a San Agustín a concebir
el tiempo como algo desligado del movimiento y estrechamente vinculado al alma,
a la vez que manifiesta su profunda perplejidad ante el tiempo al resaltar la
paradoja del presente. Si decimos de algo que es presente, estamos afirmando
que ya no será y que pasará al mundo de lo inexistente. El presente propiamente
no es, sino que pasa, deja de ser, carece de dimensión y sólo lo podemos
caracterizar relacionándolo con el futuro, que todavía no existe, y con el
pretérito, que ya ha dejado de ser. El tiempo es un "ahora", que no
es, porque el "ahora" no se puede detener, ya que si se pudiera
detener no sería tiempo. No hay presente, no hay ya pasado, no hay todavía
futuro. Por lo tanto, la medida del tiempo no es el movimiento, no son los
seres que cambian; la verdadera medida del tiempo es el alma, el yo, el
espíritu. El pasado es aquello que recordamos; el futuro, aquello que
esperamos; el presente, aquello a lo que prestamos atención. Pasado, futuro y
presente aparecen, pues, como memoria, espera y atención.
Estos célebres y bellos
pasajes revelan no sólo una perplejidad a cerca de esa escurridiza realidad
llamada tiempo, sino también, y sobre todo, la idea del tiempo como realidad
vivida o, mejor dicho, vivible, como algo que se vive, se vivió o se vivirá. El
pasado ha sido, pero ya no es; el futuro será, pero aún no es; sólo el presente
es, aunque su modo de ser es instantáneo y fugaz, porque muy pronto dejará de
ser. Sin embargo, es cierto que el pasado es en tanto que pasado y el futuro es
en tanto que futuro. Por lo tanto, parece que los tres tiempos convergen en el
momento actual como si sólo existiera el presente, un presente de las cosas
pasadas, un presente de las cosas presentes y un presente de las cosas futuras.
He aquí lo paradójico del tiempo. Por un lado, lo percibimos como una realidad
instantánea, huidiza y fugaz, como algo que se nos escapa y da a nuestra vida
un sentido inestable y efímero. De ahí que intentemos aferrarnos al momento
presente, como si quisiéramos asir el tiempo, porque somos conscientes de la
brevedad de nuestra vida y necesitamos vivirla intensamente, porque el tiempo
pasa y mañana, quizás, sea tarde. Pero, por otro lado, experimentamos como un
rechazo hacia esa fugacidad del tiempo y tendemos a dilatarlo en el pasado y a
proyectarlo en el futuro, instalándonos en una especie de eternidad como si nuestra
vida nunca fuera a tener fin.Este sentido paradójico, que comporta la
temporalidad, hace que el tiempo constituya una dimensión fundamental de la
vida humana, ya que sin él seríamos incapaces de entender nuestra vida, porque
somos seres limitados en el tiempo y porque éste va marcando nuestro propio
devenir y el de la humanidad. El hombre es un ser histórico, cuya vida se
inscribe en el transcurso del mundo. Gracias a esta dimensión temporal, de la
que es imposible prescindir, el ser humano intenta entenderse a sí mismo y a
los otros en relación con el tiempo de su vida. Esto hace que pertenezcamos a
una generación, es decir, a un grupo de personas que comparten un tiempo
específico: el tiempo que dura nuestra vida. Y esto hace también que podamos
decir que las personas que compartimos una misma edad histórica somos
coetáneos, porque somos hijos de nuestro tiempo y recibimos unas costumbres,
una cultura y un modo de concebir la realidad dependientes del tiempo que nos
ha tocado vivir.En resumidas cuentas. Somos cuestión de tiempo.
Lo esencial es invisible a los ojos.
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